El cuento por escrito
Lúa vivía en una isla pequeña donde el mar tenía el color de los ojos de su madre.
Esta mañana se había despertado antes que el sol. Había puesto los pies en el suelo despacio, como si pisar fuerte pudiera romper algo dentro de ella. Era el Día de la Madre. Era el primero sin mamá.
Antes de levantarse, se acordó de una canción. Mamá la tarareaba cuando la peinaba por las mañanas. Era una canción antigua de una mujer americana, lenta, de piano. Decía algo así como que en cualquier estación —invierno, primavera, verano u otoño— si estabas triste, solo tenías que llamar, y allí estaría.
Lúa cerró los ojos un momento. Le pareció oírla, muy bajito. Pero solo era el viento.
Nala, la urraca que la acompañaba siempre, dio un saltito en el alféizar de la ventana. Tenía la cabeza inclinada y los ojos brillantes, como diciendo «vamos».
Lúa se puso una rebeca y bajó por el caminito de arena hacia el faro. El faro era el sitio favorito de su madre. Era también el sitio favorito de su abuela, que se había ido cuando Lúa era muy pequeña. Las dos le habían contado, en voces distintas y en años distintos, la misma historia del faro. Cada una a su manera, las dos le habían dicho lo mismo.
Hoy Lúa quería oír esa historia otra vez. Pero no quedaba nadie para contársela.
El viento estaba suave. Las olas hablaban bajito, como si supieran. Nala caminaba a su lado dando saltitos pequeños, sin meterse mucho.
Cuando llegaron al faro, el viejo guardián estaba sentado fuera, con una taza de algo caliente entre las manos. Tenía la barba blanca y los ojos del mismo gris que las gaviotas.
—Hola, Lúa —dijo, sin sorprenderse de verla allí tan temprano—. ¿Hoy es un día difícil?
Lúa asintió. No le salían las palabras.
El guardián le hizo sitio a su lado, en el banco que daba al mar. Lúa se sentó. Nala se posó entre los dos.
—¿Sabes una cosa? —dijo el guardián después de un rato—. Esta luz que enciendo aquí cada noche, ¿sabes hasta dónde llega?
Lúa negó con la cabeza.
—Llega muy lejos. Más allá de lo que tus ojos alcanzan. Más allá del horizonte. La ven los barcos que están a muchos kilómetros de aquí, tan lejos que ni siquiera saben que existe esta isla.
El mar respiraba. Una ola, otra, otra.
—Y te voy a contar un secreto —siguió el guardián—. Si esta noche yo apagara la lámpara, la luz que ya ha salido del faro seguiría su camino. Seguiría viajando por encima del agua, llegando a esos barcos que están allá lejos. Aunque la lámpara estuviera ya apagada, su luz no se detendría. Tardaría mucho en llegar a desaparecer del todo. Quizá nunca lo haría del todo.
Lúa miró al horizonte.
—Eso pasa con la gente que queremos —dijo el guardián, muy bajito, casi como si hablara con el mar—. Pasa con tu madre. Pasa con tu abuela. La luz que ellas hicieron sigue viajando. Está llegando ahora mismo, en este momento, a sitios que ni siquiera podemos ver. Y te está llegando a ti, Lúa. Te llega cada vez que respiras.
Lúa cerró los ojos un momento. Sintió el aire en la cara.
Una pausa para respirar
Vamos a respirar como respira el faro.
Inspira, despacio, contando hasta cuatro.
Sostén el aire un instante.
Y suéltalo poco a poco, hasta seis.
El faro no tiene prisa.
La luz tampoco.
Hazlo tres veces.
Y nota dónde sientes a alguien que quieres.
—Pero yo quiero verla —dijo Lúa, y se le rompió un poquito la voz al decirlo—. Quiero abrazarla.
El guardián asintió despacio. No le dijo «no llores». No le dijo «no estés triste». Le puso una mano en el hombro, así, sin más, como hacen los que entienden.
—Eso siempre va a doler un poco —dijo—. Yo no te voy a engañar. Pero ¿puedo enseñarte algo?
Le dio la mano a Lúa y la llevó hasta unas rocas planas en la orilla, donde el agua subía y bajaba muy despacito.
—Mira tu sombra en el agua.
Lúa miró. La luz del sol hacía que su silueta se reflejara temblando, como si bailara sobre las olas.
—Cuando tu madre se reía —dijo el guardián—, ¿tú reías parecido?
Lúa pensó. Sí. Todo el mundo se lo decía. Tenían la misma manera de echar la cabeza hacia atrás cuando algo les hacía mucha gracia.
—¿Y cuando tu abuela cocinaba algo, ahora cuando lo cocinas tú, las manos te recuerdan lo que ellas hacían?
Lúa abrió mucho los ojos. Era verdad. Cuando hacía las croquetas que su madre le había enseñado, las manos se le movían solas. Y las croquetas eran las croquetas de su abuela. La receta había viajado de unas manos a otras, sin que nadie tuviera que decir nada.
—¿Lo ves? —dijo el guardián—. Tú eres un faro también. Llevas dentro la luz de tu madre, y la de tu abuela, y la de la madre de tu abuela, que tú no llegaste a conocer. Cada vez que ríes como ellas reían, la luz que ellas hicieron sigue viajando. Cada vez que cuidas a alguien como ellas te cuidaron, la luz que ellas hicieron sigue viajando. No estás sola, Lúa. Estás llena.
Lúa se miró las manos.
Eran sus manos. Pero también eran un poco las de mamá. Y eran un poco las de la abuela. Y, si miraba con cuidado, eran un poco las de muchas mujeres que habían tenido manos antes que ella.
Una urraca como Nala podría confundirse al verlas, pensó Lúa, y casi sonrió.
Nala bajó volando hasta posarse a su lado. Llevaba algo en el pico: una caracola pequeña, blanca, con vetas doradas. Se la dejó en la palma.
—¿Sabes lo que se hace con las caracolas? —dijo el guardián.
Lúa lo sabía. Te las acercas a la oreja y oyes el mar.
Pero el guardián le sonrió:
—Eso es lo que hacemos los niños. Cuando creces un poco, descubres otra cosa. Cuando te acercas una caracola al corazón, oyes a quien quieres.
Lúa apretó la caracola contra el pecho.
Y la oyó. No con los oídos, con otra cosa. Oyó a mamá tarareando aquella canción antigua. La que decía que estaría siempre, en cualquier estación, solo con llamarla.
Y, sin saber muy bien por qué, sonrió.
No era una sonrisa grande. Era una de esas pequeñitas, las que aparecen cuando lloras y dejas de llorar al mismo tiempo. Pero era una sonrisa.
El sol estaba subiendo. El faro brillaba menos porque ya era de día. Pero Lúa sabía, ahora, que la luz seguía ahí. En ella. En sus manos. En su risa. En la caracola.
—Feliz Día de la Madre, mamá —dijo bajito, mirando al horizonte—. Feliz Día, abuela.
Y el viento, que es como es, le devolvió el saludo.
Nala dio un saltito.
La ola sabe.