El cuento por escrito
Era la última tarde del verano, y Lúa no quería bajar del faro.
Llevaba allí desde después de comer. Había leído, había mirado el mar, había contado barcos. Y ahora el sol se estaba yendo y ella seguía sentada en su rincón junto a la ventana grande, con los brazos cruzados y la mochila nueva en el suelo, sin abrir.
Mañana empezaba el cole.
Aquella tarde Lúa estaba enfadada con todo. Con la mochila, que era demasiado nueva. Con el sol, que se iba demasiado pronto. Con Nala, que se había posado en el alféizar y la miraba con la cabeza ladeada.
"¿Qué miras?", le dijo. Y Nala no se movió.
Porque Nala se fija en lo que a los demás se les escapa. Y lo que Nala había visto era que Lúa no estaba enfadada. Estaba apretada. Como un caracol que se mete dentro cuando algo lo roza.
Lo que Lúa tenía no era rabia. Era un nudo pequeño en la tripa que llevaba ahí desde la hora de comer y que ella no sabía cómo se llamaba.
Lúa suspiró y miró el mar.
No era el cole lo que le pesaba. El cole le gustaba, casi siempre. Era otra cosa, más difícil de decir. Era que mañana el día volvía a tener horas. Todo el verano había sido una tarde larga sin relojes, y a partir de mañana habría una hora para levantarse, una hora para salir, una hora para todo. Y el faro solo por las tardes.
Y era, también, una pregunta que no se atrevía a decir en voz alta: ¿y si ya no sé? ¿Y si sus amigos habían cambiado en verano, y si no se acordaba de cómo se hacía, y si su sitio ya no era su sitio?
El guardián del faro había subido a limpiar la lente. Lo hacía cada tarde, a la misma hora, con un paño y sin prisa. Lúa lo había visto hacerlo cien veces ese verano y nunca se había fijado.
"¿Tú no te cansas de hacer siempre lo mismo?", le preguntó Lúa.
El guardián siguió limpiando la lente un rato antes de contestar.
"¿Sabes por qué los barcos se fían del faro?"
"Porque brilla."
"Porque brilla siempre a la misma hora."
Lúa se quedó pensando en eso.
Una luz que se encendiera cuando le apeteciera no serviría de mucho. Los barcos no podrían contar con ella. No sería un faro. Sería una hoguera.
Y entonces se dio cuenta de una cosa: el faro había tenido horario todo el verano. Cada tarde, a la misma hora, la luz se había encendido y había empezado a girar, mientras ella vivía sin relojes. La rutina había estado ahí siempre, sosteniéndolo todo, sin que nadie la mirara.
"Es que yo soy de las que se ponen nerviosas", dijo Lúa, bajito.
El guardián no levantó la vista de la lente.
"Estás", dijo. "Hoy estás."
Y no dijo nada más.
Lúa le dio vueltas a esa palabra. Estar. Se está nerviosa como se está mojada después del baño: un rato, y luego se seca. Ser nerviosa era otra cosa, era llevarlo puesto para siempre. Y ella no lo llevaba puesto. Solo lo tenía hoy.
Fuera, el sol terminó de irse. Y justo entonces, como cada tarde, la lámpara del faro se encendió sobre sus cabezas y la luz empezó a girar, despacio, saliendo hacia el mar y volviendo.
Y ahora, quien esté escuchando, que haga una cosa con la luz del faro. Que respire dentro mientras la luz se acerca, despacio, y que suelte el aire mientras la luz se aleja, más despacio todavía. Dentro cuando viene. Fuera cuando se va. Tres veces. Sin prisa, que el faro no la tiene.
Cuando terminó, el nudo de la tripa seguía ahí. Pero era más pequeño, o ella era más grande. No estaba segura.
Entonces Lúa hizo algo que no sabía que iba a hacer. Empezó a contarse el día de mañana como si fuera un cuento.
"Mañana me despierto. Me visto. Desayuno. Cojo la mochila. Salgo por la puerta. Bajo la cuesta. Llego a la verja. Y luego..."
Y ahí se paró. Porque ahí empezaba lo que no sabía.
"Y luego no sé."
Lo dijo y lo dejó ahí, en el aire, sin taparlo. Y se dio cuenta de una cosa: de todo el cuento de mañana, casi todo lo sabía. Diez cosas seguras y una que no. La que no sabía era pequeña. Cabía en un hueco entre "llego a la verja" y lo siguiente.
Y lo siguiente, si lo pensaba bien, también lo sabía.
"Y por la tarde, subo al faro."
Mañana empezaba aquí abajo y terminaba aquí arriba. Como la luz, que sale y vuelve.
Una respiración más, para quien siga ahí. Dentro despacio, y mientras entra el aire, una cosa de mañana que sepas seguro. Fuera despacio, y mientras sale, otra. Solo dos. Con dos ya hay por dónde empezar.
Nala saltó del alféizar al hombro de Lúa, que ya no estaba apretada.
Bajaron las escaleras despacio. Lúa cogió la mochila del suelo y esta vez no le pareció tan nueva. En la puerta, se agachó junto al cuenco de las conchas y dejó la suya, la de esta tarde, blanca y un poco rota por un lado.
Fuera, la luz del faro seguía girando. Mañana se encendería a la misma hora, estuviera ella o no. Y eso, en vez de darle pena, le dio compañía.
Antes de echar a andar hacia casa, lo dijo bajito, como se dicen las cosas importantes:
La ola sabe.