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Mundial Interior · Entrega 5 de 9

La parada que vino después

Cuando te equivocas delante de otros

Memo comete un error y el partido sigue. Un gesto de Roxy le recuerda que todavía queda algo por jugar.

Audio · 12:22 min · Español

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El cuento por escrito

Otra vez era un día sin España.

Lúa ya casi le había cogido el gusto a esos días. España descansaba, pero el Mundial Interior no paraba nunca, y desde el faro se podía seguir igual. Encendió la radio vieja en la cocina, se sentó, y Nala se posó en el borde de la ventana, como hacía siempre que algo iba a pasar.

Hoy se decidía el Grupo D. Y había un partido que la radio no dejaba de nombrar: México contra Alemania.


La cosa estaba así. Alemania ya estaba clasificada: había ganado sus dos primeros partidos y era la más fuerte del grupo, la favorita, la que todos daban por segura.

México, en cambio, llegaba justa. Había empatado sus dos partidos anteriores, y por eso solo le valía una cosa: ganar. Si empataba o perdía contra Alemania, se quedaba fuera del Mundial. Tenía que ganarle a la favorita. No había otra.

El comentarista lo dijo con esa voz que se pone seria: "México necesita una hazaña".


Lúa ya conocía algunos nombres de México de oírlos otros días.

La capitana era Roxy. Rápida, incansable, la que no paraba de correr de un lado a otro animando a los suyos. En la portería estaba Memo, que hacía paradas imposibles y dirigía a todos desde atrás a gritos. Delante jugaba Gael, el goleador callado. Emiliano por la banda, eléctrico. Y Matías en defensa, firme como una pared.

Cinco contra cinco. Los pequeños contra el gigante.


Pitó el árbitro y México salió sin miedo. Roxy llevaba al equipo hacia adelante, Emiliano corría por la banda, Gael buscaba el hueco. Alemania era grande y ordenada, pero México le plantaba cara.

Y entonces, en el minuto diez, pasó.

Un disparo de Alemania, no muy fuerte, de esos que un portero para casi sin mirar. El balón botó justo delante de Memo. Memo se agachó para cogerlo.

Y se le escapó de las manos.

El balón resbaló entre sus brazos, rodó despacio, muy despacio, y entró en la portería.

Cero uno. Y había sido culpa suya.


Memo se quedó mirando el balón dentro de la red sin poder creérselo. Se llevó las manos a la cabeza. Y notó algo que arde, algo que sube por dentro y te pone la cara caliente: la sensación de haber fallado, y de que todos lo habían visto.

Porque eso es lo peor de equivocarse en una portería. Que no hay donde esconderse. Lo ha visto todo el campo. Lo ha visto todo el mundo.

Memo pensó: "Es culpa mía. Si perdemos y nos quedamos fuera, es culpa mía".

Y se quedó pequeño dentro de la portería, como si quisiera desaparecer.

Pausa

¿Te has equivocado alguna vez delante de otros? ¿Y has notado ese calor que sube de golpe por el pecho hasta la cara?

No pasa nada por notarlo. Le pasa a todo el mundo. Hasta a los porteros que paran balones imposibles.

Si quieres, respira despacio. Suelta el aire un poquito más largo. El calor también baja, poco a poco, como baja la marea.


Y entonces, mientras Alemania celebraba, pasó algo que Lúa no estaba viendo pero que la radio contó.

La capitana, Roxy, no fue a quejarse al árbitro ni a protestar. Fue corriendo hacia su portería. Hacia Memo.

No le gritó. No le echó la culpa. Le puso una mano en el hombro, le dijo algo al oído, y le dio dos palmadas en la espalda. El comentarista no sabía qué le había dicho, pero contó lo que pasó después: Memo levantó la cabeza. Volvió a colocarse. Y aunque la cara todavía le ardía, ya no parecía tan solo.

Lúa, en la cocina del faro, sonrió sin darse cuenta. Le habría gustado oír lo que Roxy le dijo. Pero a veces no hace falta oír las palabras para entender lo que hacen.


México volvió a salir. Y ahora salió distinto. No más nervioso. Más junto.

Roxy recuperaba balones y los repartía. Emiliano arrancaba por la banda una y otra vez. Y justo antes del descanso, Emiliano centró, Gael apareció por el medio, y de un cabezazo seco metió el empate.

Uno uno.

Todo el equipo de México corrió a abrazarse. Y en el abrazo, Lúa notó por la radio que había una voz que gritaba más fuerte que ninguna, animando desde la portería, al fondo del campo.

Era Memo.


La segunda parte fue una pelea. Alemania apretaba, porque una favorita no quiere perder nunca. Pero México aguantaba. Matías despejaba todo lo que llegaba. Y Memo, poco a poco, empezó a parar balones otra vez. Uno. Y otro. Cada parada un poquito más segura que la anterior.

Faltaban diez minutos cuando llegó la jugada. Roxy robó un balón en el centro, miró arriba, y vio a Gael desmarcándose. Le puso el pase justo. Gael controló, se giró, y chutó cruzado.

Dos uno.

México se adelantaba. Por primera vez en todo el partido, le ganaba al gigante. Y si el partido acababa así, México se clasificaba.

Pausa

A veces, después de equivocarnos, pensamos que el día entero ya está roto. Que ya no se puede arreglar.

Pero el partido casi nunca se acaba en el momento del error. Casi siempre quedan minutos. Quedan jugadas. Queda sitio para lo que viene después.

Inspira despacio. Suelta el aire un poquito más largo. Lo que pasó, pasó. Y todavía queda partido.


Pero Alemania no se rindió. En el último minuto, en la última jugada del partido, montó un ataque por la derecha. Centro al área. Su delantero más alto saltó por encima de todos y cabeceó fuerte, abajo, a un rincón. Un cabezazo de gol.

Y allí estaba Memo.

El mismo Memo que al principio había dejado escapar un balón fácil voló ahora hacia el rincón difícil. Estiró el brazo todo lo que pudo. Y con la punta de los dedos, sacó el balón fuera.

Una parada imposible. La parada que salvaba el partido.

Pitó el árbitro el final. Dos uno. México ganaba a Alemania. México se clasificaba.


Sus compañeros corrieron hacia Memo y lo levantaron en hombros. Pero lo que Lúa entendió, escuchando, no fue lo de la parada del final.

Fue que el mismo chico que se había sentido el culpable de todo en el minuto diez era ahora el que había salvado a su equipo en el minuto noventa. Y que entre una cosa y la otra no había pasado por arte de magia. Había pasado porque alguien se acercó a decirle que no estaba solo, y porque él decidió seguir jugando aunque la cara todavía le ardiera.

La parada del final no borraba el error del principio. El error había existido, y había dolido. Pero ya no era lo único que contaba la historia de Memo ese día.


Lúa apagó la radio. Se quedó un rato mirando el mar por la ventana. Nala, en el borde, miraba en la misma dirección.

Y Lúa pensó en Memo. En ese calor que sube cuando uno se equivoca delante de todos. Ella también lo conocía. Todo el mundo lo conoce.

Pensó que equivocarse no te hace menos. Que todos fallamos alguna vez, y que el fallo, por grande que parezca en el momento, casi nunca es el final de la historia. Casi siempre queda partido.

Y pensó en otra cosa, la más importante: que lo que cambió todo no fue la parada del final. Fue la mano de Roxy en el hombro de Memo cuando estaba hundido. Una mano que no le riñó, que no le echó la culpa, que solo le dijo, sin apenas palabras, una cosa: sigues siendo de los nuestros, y no estás solo.

"Equivocarse no te hace menos", pensó Lúa. "Y cuando alguien falla, lo que más ayuda no es decirle lo que hizo mal. Es acercarse".


Lúa salió del faro. En el umbral, el cesto de las conchas la esperaba.

Eligió una. No era la más bonita del cesto. Tenía una grieta pequeña en un lado, una marca de algo que se le había roto alguna vez y había seguido entera de todos modos.

La eligió por eso.

Se la acercó a los labios. Susurró una palabra. La dejó en la piedra del umbral.

Nala bajó, la cogió con cuidado, y la llevó hasta la caja del fondo del faro. Donde se guardan las conchas que ya han hecho su trabajo.


Esa tarde, el Mundial Interior seguía tomando forma.

En el Grupo D, Alemania pasaba primera y México segunda, después de su hazaña contra la favorita. En el Grupo A, España había ganado a Japón y aún tenía dos partidos por jugar: Senegal e Islandia. En el Grupo B mandaba Argentina, y del Grupo C ya habían pasado Colombia y Uruguay. El cuadro de los cuartos de final se iba dibujando poco a poco.

El faro siguió despierto.

Y en algún lugar muy lejos, un portero llamado Memo se iba a dormir sabiendo dos cosas a la vez: que se había equivocado, y que había salvado a su equipo. Las dos cosas, el mismo día. Y estaba bien que fuera así.