El cuento por escrito
Cuando Álex se asomó a la ventana esa mañana, todavía quedaba alguna estrella en el cielo.
Eran pocas. Tres, tal vez cuatro. Pequeñas. Casi a punto de irse. En el cielo ya no era de noche, pero tampoco era de día. Estaba en ese momento extraño en que las dos cosas se confunden. Lo de arriba todavía azul oscuro, lo del horizonte ya anaranjado.
Las estrellas se iban yendo despacio, como si no tuvieran prisa por marcharse.
Álex se quedó mirándolas hasta que la última desapareció. No se había apagado. Solo había llegado el sol. Y cuando llega el sol, las estrellas se vuelven invisibles aunque sigan ahí.
Eso lo había aprendido en clase hace tiempo. Le había parecido una cosa rara: estar y no verse. Pero las maestras lo decían en serio. Las estrellas no se van por la mañana. Solo dejan de verse.
En el vestuario, todos hablaban del partido anterior.
Comentaban entre risas las jugadas, los pases largos de Japón, el primer gol, el caño que le habían metido a Dani. Todos hablaban del partido. Pero del gol del 2-1 en el último minuto, el gol que había marcado Álex, nadie decía gran cosa.
Lo habían mencionado, sí. En el desayuno alguien dijo "qué bueno el gol de Álex". Pero después la conversación se fue a otra parte y no volvió.
Álex se ató los cordones de las zapatillas.
No estaba enfadado. Solo le pasaba algo raro por dentro. Algo así como si su gol hubiera sido un sueño del que solo se acordaba él y nadie más.
Era la jornada 2 del Mundial Interior. En el Grupo A, España iba primera con tres puntos. Senegal e Islandia tenían un punto cada uno tras empatar a uno. Japón cerraba el grupo con cero. Hoy España jugaba contra Senegal, y al mismo tiempo, en otro campo, Japón se enfrentaba a Islandia.
Quedaban dos jornadas para saber quién pasaba a cuartos. Pasaban los dos primeros.
Cuando salieron al campo, Álex los vio. Los de Senegal eran grandes. Más altos que ellos. Más anchos. Calentaban dando saltos en grupo, gritándose algo en francés que sonaba como una canción, y cada vez que saltaban juntos el suelo parecía temblar un poquito.
Álex se sintió aún más pequeño que normalmente.
Pidió la pelota durante el calentamiento. Edu se la pasó. Álex la controló bien, hizo un par de toques y le devolvió. Después intentó pedirla otra vez. Le tocó solo una vez más antes del pitido.
Lúa los miraba desde el sendero del faro, en la parte alta de la montaña, justo donde el camino se abre y se ve el campo entero a sus pies. Estaba de pie, con una piedra grande a su lado. Nala andaba cerca, posándose primero en una rama baja, luego en la piedra. La urraca había visto algo que Lúa todavía no había visto, pero aún no sabía qué.
Pitó el árbitro y todo empezó a ir más rápido.
Senegal no era como Japón. Senegal corría. Se gritaban unos a otros desde un extremo del campo al otro. Iban al duelo en cada balón con todo su cuerpo. Cuando España pasaba, dos de ellos llegaban al balón antes que el receptor.
España consiguió juntar tres pases. Noah a Luis, Luis a Dani, Dani de vuelta a Noah.
Álex se desmarcó. Levantó la mano. Pidió.
Noah miró hacia otro lado. No es que no quisiera pasarle — es que estaba mirando otra opción. Buscaba a Luis. Y como Luis se había desmarcado al otro lado, Noah le pasó a Luis.
Álex bajó la mano.
Volvió a desmarcarse. Esta vez más cerca de Edu. Edu tenía el balón. Edu lo vio.
Pero entre Edu y Álex apareció un senegalés con los brazos abiertos. Edu calculó. El pase corto era a Álex, pero el senegalés podía cortarlo. Edu hizo un toque atrás y se la dio al portero. Más seguro.
Álex volvió a bajar la mano.
Y así pasaron varios minutos.
PAUSA
Si quieres, puedes mirar tu mano un momento. Despacio.
Mírala como si la vieras por primera vez.
A veces estamos aquí, en un sitio, con un cuerpo, con una mano que se mueve cuando le decimos que se mueva. Y nadie nos está mirando. Y no pasa nada. Seguimos estando.
Inspira despacio. Suelta el aire un poquito más largo.
A los doce minutos, Senegal sacó un córner.
El balón subió alto. España saltó a despejarlo, pero el nueve de Senegal saltó más alto que todos los demás. Le pegó con la cabeza, fuerte, seca. El balón entró por la escuadra como si supiera el camino.
Cero a uno.
Los de Senegal celebraron abrazándose en grupo, dando saltos juntos. Hicieron como un círculo cerrado donde todos miraban hacia dentro.
España volvió al centro del campo. Nadie hablaba mucho. Noah apretaba los puños. Luis pateaba el suelo. Edu se quedó muy quieto, mirando un punto del césped. Dani ya ni intentaba hacer un chiste.
Álex estaba ahí. Tampoco hablaba. Tampoco le miraba nadie.
Pero España tampoco se rindió. Diez minutos después, en una jugada que empezó Noah desde el centro, el balón llegó a Dani por la banda. Dani regateó a un contrario, se la pasó atrás a Luis, y Luis armó el disparo con la pierna izquierda y soltó el chute.
Uno a uno.
Y entonces sí, todo el equipo corrió hacia Luis. Se abrazaron en el medio del campo, todos a la vez. Álex también fue. Llegó. Se metió en el abrazo.
Pero algo raro pasó.
En el abrazo, las cabezas estaban todas mirando hacia el medio, hacia Luis. Y aunque Álex estaba físicamente entre los cuerpos, ninguna cabeza se giró para mirarle a él. Ni Dani. Ni Edu. Ni Noah. Ni Luis. Estaban todos celebrando, y él estaba dentro y a la vez no.
Cuando se separaron, Dani le dio una palmada en la espalda al pasar. Pero Dani ni se había girado para hacerlo. La palmada había sido de paso.
Álex volvió a su posición.
La segunda parte fue parecida a la primera, pero más lenta.
Álex se ofreció. Levantó la mano. Pidió. Tres veces más. Nadie le pasó. Una vez consiguió tocar la pelota, pero rebotó contra él sin querer, y la perdió enseguida.
Senegal empezaba a quedarse sin gasolina y cada vez corrían menos. España manejaba el balón pero no llegaba al área. El partido se iba haciendo lento.
Álex pensó algo extraño. Pensó: "quizás si dejo de pedir, alguien se da cuenta".
Dejó de pedir.
Nadie se dio cuenta.
PAUSA
A veces, lo que más duele no es que las cosas vayan mal.
Lo que duele es estar y que parezca que no estás.
Si quieres, deja la mano sobre el pecho un momento.
Solo eso. Sin hacer nada.
Estás aquí. Sigues aquí. Aunque nadie te esté mirando ahora mismo, sigues aquí.
Inspira despacio. Suelta el aire un poquito más largo.
El árbitro pitó el final. Empate. Uno uno.
Los dos equipos se daban la mano. Senegal sonreía un poco — había sacado un empate contra el primero del grupo. España no sonreía. Tampoco lloraba. Se quedaron en una cara rara, intermedia.
En el vestuario, Noah le explicaba a Edu lo que había salido mal. Luis le preguntaba al entrenador si en el próximo partido podía probar otro tipo de regate. Dani decía un chiste que no le hizo gracia a nadie pero a Dani sí le hizo gracia.
Álex se sentó en el banco. Se desató una zapatilla y se la volvió a atar.
Nadie le preguntó qué tal el partido.
Desde el faro, Lúa lo había visto todo. No el resultado. No el gol de Senegal ni el de Luis. Eso lo había visto también, pero no era lo que más había mirado.
Lo que más había mirado había sido a Álex.
A la mano que se levantaba pidiendo. A la mano que bajaba sola. A los pies que se ofrecían en un desmarque que nadie veía. Al cuerpo pequeño dentro del abrazo donde ninguna cabeza se giraba.
Y Nala, posada en la piedra a su lado, había estado todo el tiempo mirando hacia el mismo sitio.
Lúa pensó algo que tenía que ver con las estrellas.
Las estrellas no se apagan cuando llega la mañana. Siguen ahí, brillando igual de fuerte que de noche. Lo que pasa es que la luz del sol es tan grande que las tapa. Pero ellas siguen. No saben dejar de brillar.
Y pensó: "Álex es así".
Que a veces parece que si no nos ven, no estamos.
Pero estamos.
Las estrellas siguen ahí también de día, aunque el sol las tape.
Lo que somos no se apaga solo porque nadie lo esté mirando.
Lúa caminó por el sendero hasta el faro. En el umbral, el cesto de las conchas la esperaba.
Eligió una pequeña. Blanca. Con un punto plateado en el centro como una estrella diminuta.
Se la acercó a los labios. Susurró una palabra.
Dejó la concha en la piedra del umbral.
Nala bajó, la cogió con cuidado, y la llevó hasta la caja del fondo del faro. Donde se guardan las conchas que ya han hecho su trabajo.
Esa noche, en la clasificación del Grupo A, España aparecía primera con cuatro puntos. Japón segunda con tres tras ganarle 2-0 a Islandia. Senegal tercera con dos. Islandia última con uno. Faltaba una jornada para saber quién pasaba a cuartos. España jugaba contra Islandia. Japón contra Senegal.
El faro siguió despierto.
Y abajo, en su habitación, Álex se asomó otra vez a la ventana antes de meterse en la cama. Buscó en el cielo nocturno. Encontró tres estrellas. Cuatro. Cinco.
Las dejó ahí. Sin pedirles nada.