El cuento por escrito
La mañana del primer partido, el faro olía distinto.
Lúa lo notó nada más abrir la puerta: algo entre madera húmeda y el mar de antes de una tormenta que nunca llega a aparecer. No era un olor malo. Era el olor de cuando algo está a punto de pasar.
Nala estaba en su sitio de siempre, sobre el alféizar de la ventana redonda, con la vista fija en el campo de abajo. Las urracas no suelen quedarse quietas mucho tiempo. Pero Nala llevaba un rato así, inmóvil, con la cabeza ladeada.
Lúa se acercó y miró también.
Abajo, en el campo de tierra y hierba corta donde siempre jugaban, había cinco chicos. Llevaban las camisetas de España —rojas, un poco grandes, con ese escudo que a veces se despegaba por las esquinas—. Estaban parados. No calentaban, no practicaban tiros, no hacían nada de lo que se supone que hacen los equipos antes de un partido. Simplemente estaban allí, de pie, contemplando el campo vacío como si no supieran muy bien qué hacer con él.
— Pausa —
Lúa los conocía. Los veía pasar casi cada tarde. Noah siempre hablando, siempre con algún plan. Dani riéndose de algo, aunque nadie hubiera dicho nada gracioso. Luis haciendo malabares con el balón como si sus pies pensaran solos. Y Álex, el más pequeño, dando vueltas alrededor de los otros cuatro como una luna a su propio ritmo, soltando frases a medias en español y a medias en inglés que solo él entendía del todo.
Pero hoy el que llamaba la atención era Edu.
Edu estaba separado de los otros, sentado en el suelo con las rodillas dobladas y la espalda apoyada en el poste de la portería. Tenía los ojos fijos en sus zapatillas. No las examinaba, no buscaba nada en ellas. Las miraba como quien necesita un sitio donde fijar los ojos mientras el cuerpo hace cosas raras por dentro.
Lúa sabía exactamente qué le pasaba a Edu.
Porque a ella también le había pasado. Antes de empezar el cole nuevo. Antes del primer día en casa de su abuela después de que todo cambiara. Antes de algunas cosas que no tenían nombre pero que igual pesaban.
Era ese nudo.
Ese nudo raro que aparece cuando algo está a punto de comenzar y tú todavía no sabes si vas a estar a la altura. No es miedo exactamente. No es tristeza tampoco. Es algo que ocupa el espacio entre el pecho y el estómago y que no pide permiso para entrar.
Las mariposas, lo llaman algunos. Pero a Lúa siempre le había parecido que eran demasiado bonitas para describir algo tan incómodo.
Nala batió las alas una vez, despacio, sin volar. Como cuando quiere señalar algo sin armar ruido.
Abajo, Noah se había acercado a Edu. Lúa no podía escuchar las palabras, pero sí los gestos: Noah señalando el campo, explicando algo, trazando líneas en el aire con la mano. El plan. Siempre el plan.
Edu asintió. Pero siguió con los ojos en sus zapatillas.
Noah lo intentó de otra manera: señaló al otro equipo, que ya estaba llegando al otro lado del campo, y dijo algo con esa seriedad suya que en realidad es el disfraz del humor. Dani se rio, claro. Dani siempre se ríe.
Edu sonrió también, un poco. Pero el nudo seguía ahí. Lúa lo veía en cómo respiraba: demasiado corto, demasiado rápido, como cuando el cuerpo olvida que sabe hacerlo solo.
— Pausa —
Fue Luis quien se sentó a su lado. Sin decir nada. Solo se instaló ahí, dando golpecitos al balón con la punta del pie, sin prisa. A veces ayuda más eso que cualquier plan: alguien que se queda contigo sin pedirte que estés de otra manera.
Álex, mientras tanto, hacía algo incomprensible a unos metros: intentaba mantener el equilibrio con un pie sobre el balón y canturreaba algo en inglés. Nadie le prestaba atención. Él tampoco parecía necesitarlo.
En el faro, Lúa bajó la vista hacia el rincón de los libros.
Había uno que ella conocía bien. No era un libro de texto. Era un volumen pequeño, encuadernado en tela azul marino, que el faro guardaba entre los libros de emociones que aún no tienen nombre popular. En el lomo ponía algo que Lúa había leído muchas veces: «Lo que sientes antes de que empiece».
Ese libro llevaba muchas firmas dentro. Gente que había sentido lo mismo. Niños que empezaban el cole. Músicos antes de subir al escenario. Científicos antes de presentar su descubrimiento. Futbolistas antes del primer partido de algo que les importaba de verdad.
Todos habían sentido ese nudo. Y ninguno lo había podido evitar.
Porque el nudo no aparece cuando algo te da igual.
El nudo aparece cuando algo te importa.
Lúa sostuvo eso un momento. Luego volvió a mirar a Edu, abajo, con su espalda contra el poste y sus zapatillas como único horizonte seguro.
No le podía decir nada. No era su historia. Pero sí podía pensar en él.
Y a veces eso también cuenta.
— Pausa —
El árbitro —que era el hermano mayor de uno del otro equipo— hizo sonar el silbato.
Un sonido pequeño para algo tan grande.
Edu se levantó. Se sacudió la tierra de los pantalones. Se puso en su sitio.
Noah organizó la salida: Luis con el balón, Dani por la derecha, Álex por la izquierda haciendo algo que no estaba en ningún manual, y Edu cerrando atrás. Siempre el plan. Y esta vez el plan servía de algo, porque daba a cada cuerpo un sitio adonde ir, y los cuerpos que saben adónde van respiran un poco mejor.
El balón empezó a moverse.
Y entonces ocurrió algo que Lúa vio muy bien desde la ventana redonda del faro:
Edu corrió.
No corrió perfecto. Tropezó un poco al arrancar, dio un pase demasiado fuerte que Luis tuvo que perseguir. Pero corrió. Y al correr, algo que había estado apretado se fue soltando, poco a poco, sin que Edu lo decidiera. El cuerpo en movimiento hace eso: ocupa el presente. Y en el presente no hay hueco para el nudo del futuro.
— Pausa —
Nala siguió observando el partido desde el alféizar. A veces inclinaba la cabeza a la derecha. A veces a la izquierda. Las urracas tienen esa cosa de ver el mundo desde ángulos que los humanos no usan.
Mucho más tarde, cuando el partido había terminado y los cinco se alejaban juntos por el camino de tierra —Noah hablando, Dani empujando a Luis, Álex contando algo en inglés sin que nadie le hubiera preguntado, y Edu caminando un paso por detrás pero con la cabeza ya levantada—, Lúa cerró la ventana del faro.
Fue hasta el cesto de las conchas.
Cogió una pequeña, de esas que tienen rayas muy finas por dentro. Le susurró una palabra. No en voz alta: solo con el pensamiento, de las que a veces son más claras que las de verdad.
La dejó en la piedra plana del umbral.
Nala la recogió.
Afuera, el campo de tierra estaba vacío otra vez. Pero era un vacío distinto al de la mañana. Era el de después, que siempre pesa menos que el de antes.
Lúa lo conocía bien.
El de antes siempre pesa más. Y siempre vale la pena cruzarlo.
«El nudo no dice que algo vaya a salir mal.
El nudo dice que algo te importa.»