LASAI la ola sabe
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Mundial Interior · Entrega 3 de 9

Las nubes también truenan

Cuando lo de dentro hace ruido

Dani vive una mañana de nubes bajas y un partido difícil. Un cuento sobre lo que ocurre cuando algo duele y no sabemos dónde ponerlo.

Audio · 13:39 min · Español

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El cuento por escrito

Las nubes andaban bajas aquella mañana.

Lúa lo notó nada más asomarse a la ventana. Había una capa gris ahí arriba que no terminaba de moverse, como si las nubes hubieran decidido quedarse a ver.

Subió al faro despacio. Nala ya estaba en la barandilla, mirando hacia el campo. Las urracas siempre saben antes. Saben que el día no va a ser como los demás.

Abajo, en el campo, los cinco del equipo de España hacían estiramientos. Eran fáciles de reconocer aunque estuvieran lejos. Noah, cogiéndose las manos por detrás de su espalda, observando al rival. Luis, dando toques al balón. Edu, en silencio, atándose la zapatilla derecha tres veces seguidas. Álex, dando saltitos junto a Luis, riéndose de algo que solo ellos dos sabían. Y Dani, hablando con todo el mundo, riéndose de lo que fuera y contagiando al resto.

Era el primer partido del Mundial Interior. España estaba en el Grupo A, junto a Japón, Senegal e Islandia. Tres partidos por equipo en esta primera fase, y los dos mejores pasarían a octavos.

El rival aquella mañana era el equipo de Japón. Vestían de blanco y azul marino, perfectamente colocados, todos a la misma distancia los unos de los otros. No reían. No hablaban. Hacían los mismos estiramientos que España, pero parecía otra cosa. Como si estuvieran ensayando una coreografía, sincronizados como el mecanismo de un reloj.

Lúa apoyó los codos en la barandilla. El árbitro pitó el comienzo.


Los primeros minutos fueron raros. España tenía el balón pero no sabía qué hacer con él. Japón no corría detrás como hacen otros equipos. Esperaban. Estaban juntos y ordenados, aguardando, como una red.

Y entonces, sin que nadie supiera muy bien cómo, el balón cambió de bando. Un toque corto, otro, otro más... Tres pases entre líneas. Edu salió a cortar el siguiente, pero no fue para donde él pensaba.

Fue para el otro lado.

Y desde el equipo japonés, alguien que se había mantenido atento todo el partido golpeó el balón sin mirar siquiera. Suave. Limpio.

Gol.

Cero uno.

Los jugadores de Japón no celebraron mucho. Se chocaron las manos. Volvieron al centro del campo. Como si hubieran hecho algo que ya esperaban.

Dani se rió.

Fue un reflejo. Cuando algo iba mal, Dani se reía. Era su manera. Soltaba un comentario gracioso, le daba un golpecito en el hombro a alguien, intentaba que volviera el aire al equipo.

—¡Bueno, bueno! —dijo—. Pues nada, ahora la fiesta empieza de verdad.

Pero esta vez nadie se rió con él.

Noah miraba el césped, pensando. Edu apretaba los labios y miraba al suelo. Luis pateaba el suelo. Álex se mordía el labio sin saber qué decir.

Y Dani sintió algo, más fuerte que otras veces. El comentario gracioso no había surtido efecto. Había salido fuera, había rebotado contra el aire, y había vuelto vacío.

Y por dentro algo empezó a calentarse.

Pausa

Si quieres, deja la mano en el pecho un momento. Despacio.

Igual notas un poco de calor. Igual no notas nada. Las dos cosas están bien.

A veces, cuando algo no sale como pensábamos, dentro empieza a moverse un fuego pequeño. No hace falta apagarlo. Solo notar que está ahí.

Inspira despacio. Suelta el aire un poquito más largo.

Una vez más.


El partido siguió. España intentaba encadenar pases, pero ahora Japón presionaba más cerca. Cada balón costaba.

Y entonces Dani recibió un pase. Un pase fácil, de los que ni miras. Solo tenía que pararlo y devolverlo a Noah, que estaba libre.

Pero antes de que pudiera tocar el balón, un japonés apareció por detrás y le metió un caño.

Justo entre las piernas.

Cuando Dani se giró para perseguirlo, el balón ya se iba con él.

Dani salió detrás. Corrió todo lo que pudo. Estiró la pierna. Llegó tarde.

El árbitro hizo sonar su silbato. Sacó una tarjeta amarilla.

Dani se quedó parado. Mirando al árbitro. Mirando la tarjeta. Notando dentro que algo crecía.

No era frustración exactamente. No era miedo. Era otra cosa. Algo que apretaba dentro y pedía salir. Algo que se notaba pesado sobre el pecho y le hacía palpitar el corazón.

Era como una nube cargada. Una nube que necesitaba tronar y no encontraba cómo.

Dani pateó el césped. Cerró los puños. Le dijo algo al árbitro entre dientes que nadie llegó a oír.

Y desde el faro, Lúa vio lo que estaba pasando dentro de Dani sin necesidad de explicárselo nadie. Nala se removió en la barandilla y dio un paso hacia ella. Lo había notado antes que ella, como hacía siempre.

Pausa

A veces el cuerpo pide salir corriendo y no sabe a dónde.

Eso que tira por dentro tiene un nombre. Se llama rabia. Y no es mala. Es energía buscando una salida.

El problema no es que esté ahí. El problema es cuando no encuentra dónde ir.

Si quieres, mira ahora algo a tu alrededor. Algo que no se mueva. Una pared. Un mueble. Un trozo de cielo si hay una ventana cerca.

Solo míralo. Sin hacer nada más.

Inspira despacio. Suelta el aire un poquito más largo.


Después de la amarilla, Dani estaba bloqueado. No quería tocar el balón. Cuando le llegaba, lo soltaba demasiado rápido. Cuando intentaba un regate, se trastabillaba. Como si el cuerpo se hubiera olvidado de cómo se hacían las cosas.

Por dentro la nube seguía espesa.

Y Dani no sabía qué hacer con él.

Noah se acercó en una pausa.

—Tranquilo, Dani. Tranquilo.

Dani asintió sin mirarle. Le costaba mirar a nadie.

Luis le pasó por delante y le dio un golpecito en la espalda al cruzarse. Sin decir nada. Solo el golpecito.

Álex, desde el otro lado del campo, le gritó algo a Dani en inglés. Dani no entendió lo que le dijo, pero sabía que era Álex intentando hacerle reír.

Y por un segundo lo consiguió. Una chispita.

Y entonces fue Edu.

Edu, el callado, el de las mariposas del partido anterior. Edu recuperó un balón cerca del centro del campo, miró a Dani, y en lugar de dárselo fuerte, se lo dio suave. Casi al pie. Casi de regalo.

Dani recibió el balón, lo controló a la primera, dio un toque.

Y por primera vez en muchos minutos, el balón le respondió.

Le respondió porque Dani lo había tocado sin prisa. Sin querer demostrar nada. Sin querer recuperar lo perdido. Solo lo había tocado.

Y la nube, dentro, dejó de apretar tanto.

No desapareció. Seguía ahí, gris. Pero ya no pesaba como antes. Como una tormenta que empieza a disiparse.

Pausa

A veces, cuando algo arde por dentro, lo que necesitamos no es apagarlo.

Lo que necesitamos es un poco de calma. Una palabra. Una mirada. Un gesto sin prisa.

Y a veces, esa calma nos la damos a nosotros mismos.

Inspira despacio. Suelta el aire un poquito más largo.

Una vez más.


Lo que pasó después fue rápido. Dani avanzó con el balón, miró arriba, vio a Luis libre y le pasó el balón. Luis hizo lo que mejor sabía hacer: regatear a uno, regatear a otro, y soltar el disparo.

Uno uno.

España volvía al partido.

Y en el último minuto, cuando ya casi todo el mundo pensaba que iba a quedar así, Dani hizo algo que solo a él se le podía ocurrir. Recibió un balón complicado, hizo un caño imposible al lateral japonés, y miró antes de pasar. Vio a Álex.

Álex era el más pequeño. El que cantaba en inglés cuando creía que nadie le oía. El que a veces se quedaba en su mundo, pero también el primero en levantar la mano cuando hacía falta un voluntario.

Dani le dio el pase.

Y Álex marcó.

Dos uno.

El árbitro pitó el final poco después. España había ganado su primer partido del Mundial Interior.

Los cinco se abrazaron en el centro del campo. Noah palmeaba la espalda de todos. Luis levantaba los brazos. Edu sonreía con la boca cerrada. Álex no se creía del todo lo que había hecho. Y Dani, en el medio del abrazo, se rió por fin.

Pero se rió distinto que antes.

No se reía para que los demás se rieran. Se reía porque lo que pesaba por dentro había encontrado por dónde salir.


Esa noche, en la clasificación del Grupo A, España aparecía primera. Senegal e Islandia habían empatado a uno en el otro partido del día. Quedaban dos jornadas más en la fase de grupos.


Lúa los miró desde el faro. Nala movió la cola y se posó más cerca.

Y Lúa pensó algo que no había pensado nunca.

Que la rabia no era el enemigo. Que la rabia era como un trueno: avisa de que algo está cargado por dentro. Que callar el trueno no servía de nada. Que dejarlo retumbar todo el rato, tampoco.

Que lo que servía era esperar a que pasara. Y mientras pasaba, recibir un poco de calma. Una palabra. Una mirada. Aunque fuera una frase en inglés desde el otro lado del campo.

Que la rabia no se va. Solo encuentra la puerta de salida.

Y que a veces, la puerta la puede abrir uno mismo, o la abre otro.


Lúa bajó las escaleras del faro despacio. En el umbral, el cesto de las conchas la esperaba.

Eligió una pequeña. Blanca. Con una raya gris fina.

Se la acercó a los labios. Susurró una palabra.

Dejó la concha en la piedra del umbral.

Nala bajó, la cogió con cuidado, y la llevó hasta la caja del fondo del faro. Donde se guardan las conchas que ya han hecho su trabajo.

El faro siguió despierto.

Y abajo, en el campo, el equipo se iba poco a poco hacia los vestuarios. No hablaban. No hacía falta.