LASAI la ola sabe
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Mundial Interior · Entrega 4 de 9

Las olas traen voces

Alegrarse con la alegría de otros

España descansa y Lúa enciende la radio. Al otro lado del agua hay equipos que todavía no conoce y alegrías que también puede compartir.

Audio · 11:49 min · Español

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El cuento por escrito

Aquella mañana, Lúa se asomó a la ventana y se acordó de algo importante: hoy España no jugaba.

Era raro. Desde el partido contra Japón llevaba toda la semana metida en el Mundial Interior — los goles, las celebraciones, los nervios — y la mañana sin partido se le hacía un poco vacía. Como cuando termina una canción y todavía no empieza la siguiente.


Pero el Mundial seguía. Hoy era la última jornada del Grupo C. Cuatro equipos. Brasil, Francia, Colombia y Uruguay. Los cuatro empatados a tres puntos. Pasaban dos a cuartos. Y se decidía esa misma mañana.

Lúa buscó la radio vieja en el armario del faro. La sacudió un poco, le dio al botón, y la dejó encendida en la mesa de la cocina.

La voz del comentarista llegó entre crujidos.

"...y nos vamos al campo donde Brasil y Uruguay están a punto de saltar. Mientras tanto, en el otro estadio, Francia espera a Colombia..."


Lúa no había visto en persona a los jugadores de esos países. Pero algunos nombres ya los conocía de oírlos en otros partidos del Mundial.

En Colombia jugaba Santiago, el capitán, que llevaba la batuta del equipo con la calma de quien siempre sabe dónde está cada uno. Mateo era el portero, vocal, gritando desde atrás. Juan David, el extremo rápido. Sebastián, el que marcaba los goles. Y Camilo, el más pequeño, el que veía jugadas que nadie veía.

En Uruguay jugaba Federico, el capitán, un chico con la mirada seria y la patada precisa. Bruno, el defensor central. Lucas en el medio. Nicolás corriendo por la banda. Y Diego en la portería.

Brasil y Francia tenían también sus cinco, pero Lúa no se sabía los nombres.

Nala se posó en el respaldo de la silla. La radio seguía sonando.


Empezó primero Brasil contra Uruguay.

Los primeros minutos pasaron rápido pero sin gol. El comentarista decía que Brasil tenía el balón pero que Uruguay defendía como una pared. Bruno, en el centro, despejaba todo lo que llegaba. Diego, en la portería, paraba lo poco que pasaba.

Después la radio cambió al otro partido. Francia contra Colombia.

Y enseguida pasó algo.

Santiago recibió el balón en el centro del campo, miró arriba, y vio a Camilo entrando por el lado derecho. Le metió un pase entre dos defensas. Camilo lo controló, levantó la cabeza, vio a Sebastián desmarcado, y le dejó el balón en el área pequeña.

Sebastián chutó. Fuerte. Limpio.

Gol.

Uno cero para Colombia.

El comentarista gritó. La radio estalló entre crujidos. Y Lúa, en la cocina del faro, levantó las manos sin querer.

Las levantó como si hubiera marcado el suyo.

Pausa

Si quieres, puedes cerrar los ojos un segundo y notar cómo se siente cuando te alegras por algo.

Hay una calidez pequeña en el pecho. Una ligereza en los hombros. A veces hasta una sonrisa que sale sola, sin que tú la decidas.

Inspira despacio. Suelta el aire un poquito más largo.


La radio volvió al otro partido. Y ahora era Brasil el que estaba haciendo daño.

Una jugada por la banda, un centro al área, un cabezazo desviado, otro intento. Y al final, en el minuto veinte, el delantero brasileño encontró un hueco entre los defensores uruguayos y chutó sin que Diego pudiera hacer nada.

Uno cero para Brasil.

Lúa frunció el ceño. No estaba enfadada exactamente. Pero algo dentro se le había puesto un poco tenso.

Si Brasil ganaba, Brasil pasaba. Y Uruguay quedaba fuera.

¿Por qué le importaba?

Federico había salido a sacar otra vez del medio del campo. Lúa, sin pensarlo, le dijo en voz baja: "vamos, Federico".

Se quedó quieta al notar su propia voz.


Mientras tanto, en el otro partido, Colombia seguía empujando. Y antes del descanso, Santiago tiró una falta desde lejos. El balón pegó en el palo, rebotó, y le cayó a Sebastián otra vez.

Sebastián, sin pensarlo, chutó.

Dos cero.

La radio se llenó de gritos. Los hinchas colombianos estaban a kilómetros de allí, pero Lúa los podía oír. Voces que venían a través del aire.

Se notó la sonrisa.


Pasó el descanso. Los dos partidos siguieron.

Colombia tenía el dos cero sólido. El partido seguía pero el resultado no parecía que fuera a cambiar.

Pero el otro partido — el de Brasil contra Uruguay — estaba siendo distinto. Uruguay no se rendía. Empezaron a llegar al área de Brasil. Federico se cayó dos veces buscando una falta cerca del área. Nicolás centró un balón que pasó cerca pero no encontró cabeza.

Y cuando ya solo quedaban cinco minutos para el final, Lucas robó un balón en el medio del campo, miró arriba, vio que Federico estaba haciendo el desmarque hacia el área, y le metió un pase largo, alto, lento.

Federico controló el balón con el pecho. Lo bajó al suelo. Esperó a que llegara el defensor. Lo regateó al primer toque. Y chutó.

Gol.

Uno uno.

La radio se volvió loca. El comentarista gritaba palabras que no se entendían bien entre los crujidos.

Pausa

A veces, cuando se alegra alguien que ni conoces, también te alegras tú un poquito.

Y eso no le quita la alegría a la suya. Sigue siendo igual de grande para él. Pero ahora también es un poquito tuya.

Si quieres, deja la mano sobre el pecho un momento. Solo eso.

Inspira despacio. Suelta el aire un poquito más largo.


Pero Uruguay no se conformó con el empate. Con el empate, no pasaban. Necesitaban ganar. Y solo quedaban dos minutos.

Brasil había sacado del centro. Iba con todo a por el segundo. Pero un toque mal dado y Bruno se quedó con el balón. Bruno lo pasó largo, larguísimo, hacia adelante. Federico lo controló de pecho otra vez, esta vez dentro del área.

Quedaba un defensor entre él y la portería.

Federico no quiso esperar. Le hizo un sombrero al defensor — el balón pasó por encima de la cabeza del defensor y cayó del otro lado — y chutó antes de que el portero pudiera salir.

Gol.

Dos uno.

Lúa se puso de pie sin querer.

Pitó el árbitro el final del partido. Dos uno. Uruguay pasaba.

Y Colombia, que ya había acabado su partido dos cero, pasaba también.

Los dos sudamericanos del Grupo C, en el grupo más difícil del Mundial, los dos a cuartos.


El comentarista habló más despacio ahora. Fue diciendo los nombres, uno a uno, de los jugadores de los dos equipos clasificados.

Por Colombia: Santiago. Mateo. Juan David. Sebastián. Camilo.

Por Uruguay: Federico. Bruno. Lucas. Nicolás. Diego.

Lúa escuchó los diez nombres como si fueran una canción.


Lúa apagó la radio. Se quedó un rato mirando por la ventana de la cocina. Nala se había dormido un poco con todo el ruido — abrió un ojo, vio que ya no pasaba nada importante, y lo volvió a cerrar.

Y Lúa pensó algo que tenía que ver con las voces y con el mar.

Que el mar es ancho. Tan ancho que a veces se piensa que las cosas que pasan al otro lado están lejos. Pero el mar también junta. Junta orillas. Junta viento. Y de alguna manera junta voces. Porque esa mañana habían cruzado el mar las voces de un partido que se jugaba muy lejos, y le habían llegado hasta el faro.

Y esas voces le habían traído algo.

Una alegría que no era suya.

La alegría no se había gastado por venir. Los de Colombia y los de Uruguay seguían igual de contentos allá donde estuvieran. Pero un poquito de esa alegría había llegado también hasta aquí. Hasta su pecho.

Lúa pensó: "Hay alegrías que no son las mías. Y aun así, también me llegan".

Y eso le pareció una cosa bonita. Como descubrir que dentro de ella había sitio para más cosas de las que sabía.


Lúa salió del faro. En el umbral, el cesto de las conchas la esperaba.

Eligió una pequeña. Blanca. De las que cuando te las acercas al oído suenan como si guardaran el mar dentro.

Se la acercó a los labios. Susurró una palabra.

Dejó la concha en la piedra del umbral.

Nala bajó, la cogió con cuidado, y la llevó hasta la caja del fondo del faro. Donde se guardan las conchas que ya han hecho su trabajo.


Esa tarde, el Mundial Interior seguía su camino.

En el Grupo C, el de la jornada de hoy, pasaban Colombia y Uruguay. Brasil y Francia se quedaban fuera. En el Grupo A, España había ganado su primer partido contra Japón, y todavía le quedaban dos por jugar: Senegal e Islandia. Los demás grupos seguían cada uno con sus partidos por delante.

El faro siguió despierto.

Y en la cocina, la radio seguía apagada. Pero las voces que habían cruzado el mar para llegar hasta Lúa seguían sonando, un poquito, en algún sitio dentro.