El cuento por escrito
Noah tenía un plan para todo.
Para los saques de esquina. Para cuando el rival se echaba atrás. Para cuando había que correr y para cuando había que esperar. Si algo salía mal, ya tenía pensado un plan B, y muchas veces hasta un plan C. Por eso, cuando las cosas se ponían feas, sus compañeros lo buscaban con la mirada. Porque Noah, casi siempre, sabía qué hacer.
Pero esa mañana se despertó con una sensación rara en el estómago. Una de esas que ningún plan consigue quitar.
Era el primer partido de los que, si pierdes, te vas a casa.
Hasta entonces, si España jugaba mal un día, no pasaba nada. Quedaba otro partido para arreglarlo. Pero los cuartos no eran así. Ahora, si perdían, se acababa. Se acababa el Mundial. Se acababan los entrenamientos juntos, las bromas en el vestuario, los viajes en el autobús. Se acababa todo eso que, sin darse cuenta, se había convertido en su sitio favorito del mundo.
Y eso, por mucho que le diera vueltas, Noah no sabía cómo planearlo.
Enfrente estaba Inglaterra. Un equipo ordenado, serio, que no regalaba nada. Jugaban como si también ellos tuvieran un plan para cada cosa. Y eso, en vez de tranquilizar a Noah, lo ponía todavía más nervioso. Era como mirarse en un espejo.
Lúa lo veía todo desde el sendero del faro, en lo alto, con el campo a sus pies y el mar detrás. Nala andaba cerca, posada en la piedra grande, fijándose en algo que a Lúa aún se le escapaba.
Pitó el árbitro, y por primera vez en todo el torneo, los planes de Noah no funcionaban. Pasaba el balón y se lo quitaban. Buscaba un hueco, y el hueco se cerraba antes de que llegara. Inglaterra adivinaba lo que iba a hacer casi antes que él.
"Bueno", pensó Noah. "Para esto no tengo plan." Y casi se ríe. Pero no le salió la risa.
Porque, en lugar de soltarse, empezó a apretar.
Noah era famoso por una cosa: un disparo potente, seco, que cuando salía no lo paraba nadie. Pero esa tarde no se atrevía a soltarlo. Tenía miedo de fallar, de perder el balón, de que por su culpa se acabara todo. Así que jugaba a lo seguro. Pase corto, hacia atrás, sin riesgo. Como si guardar la pelota fuese lo mismo que no perder.
Desde el faro, Lúa siguió la mirada de Nala y se dio cuenta de algo.
"No mira el balón", dijo en voz baja. "Mira el reloj. Está jugando el final del partido antes de que llegue."
Pausa
¿Hay algo que te dé un poquito de miedo que se acabe?
Un verano. Un curso con tus amigos. Una tarde que no quieres que termine.
A veces, por miedo a que algo bueno se acabe, dejamos de disfrutarlo mientras todavía está aquí.
Si quieres, coge aire despacio.
Y suéltalo notando que, ahora mismo, todavía estás aquí.
Lúa se acordó entonces de algo que el guardián del faro le había dicho una noche, una de esas noches que ella no quería que terminaran. El guardián no le dijo "no te preocupes". Le preguntó, despacio, mirando el mar: "¿Y si en vez de pensar en cuándo se acaba, te quedas en el rato que todavía dura?"
Abajo, en el campo, pasó algo parecido.
Noah perdió el balón otra vez. Pero esta vez, en lugar de salir corriendo a recalcularlo todo, se paró un segundo. Respiró. Y se dio cuenta de una cosa: llevaba todo el partido jugando el final. Imaginando la derrota, el viaje de vuelta, el vestiario en silencio. Y mientras tanto, el partido de verdad, el que todavía se estaba jugando, se le escapaba entre los dedos.
No podía controlar si aquello se acababa. Eso no tenía plan posible. Lo único que tenía de verdad era el minuto que estaba jugando ahora.
Así que decidió jugarlo.
Dejó de mirar el reloj. Dejó de jugar a lo seguro. Volvió a levantar la cabeza. Y cuando el balón le llegó, lejos del área, en una de esas jugadas que él siempre habría pasado en corto, esta vez no lo pensó.
Soltó su disparo. El de verdad. El potente, el seco, el que llevaba toda la tarde guardándose por miedo.
La pelota salió como un rayo. Subió, bajó, y entró pegada al palo.
Uno a cero.
Y lo más curioso es que no fue un plan. Fue justo lo contrario. Fue lo que pasó cuando dejó de planear y se atrevió a estar.
Inglaterra lo intentó hasta el último segundo. Pero algo había cambiado en España. Ya no jugaban con miedo a perder lo que tenían. Jugaban el partido que tenían delante, ese, el de ese día, entero. Y cuando el árbitro pitó el final, seguían vivos.
España pasaba a semifinales.
Pausa
Piensa en algo bonito que estés viviendo estos días.
No pienses en cuándo se va a acabar. Solo en que, ahora mismo, lo tienes.
Coge aire despacio.
Y quédate un momentito aquí, en esto que todavía dura.
Desde el faro, Lúa lo guardó, como se guardan las cosas que importan.
Que el miedo a que algo bueno se acabe no se va pensándolo más, ni planeándolo mejor. Que nadie puede planear cuándo terminan las cosas. Pero que, mientras duran, sí se puede elegir algo: estar de verdad, vivirlas enteras, en lugar de gastarlas teniendo miedo de perderlas.
Y que casi todo lo bonito que pasa, pasa justo cuando dejas de mirar el reloj.
Esa noche, Lúa bajó hasta el faro. En el umbral, el cesto de las conchas la esperaba.
Eligió una con una espiral muy marcada, de esas que giran y giran hacia dentro y no dejan ver dónde acaban. Le gustó precisamente eso: que no se viera el final.
Se la acercó a los labios. Susurró una palabra. La dejó en la piedra del umbral. Nala bajó, la cogió con cuidado, y la llevó hasta la caja del fondo del faro, donde se guardan las conchas que ya han hecho su trabajo.
Esa misma tarde, en otras sedes repartidas por el mundo, se jugaron los demás cuartos. A Lúa le llegaban a trozos, por la radio, como voces que cruzaban el agua. Colombia, Uruguay y Argentina también seguían adelante.
El cuadro de las semifinales quedó dibujado. Y, por primera vez, todos los que quedaban vendrían a jugar al campo de al lado del mar. El Mundial Interior, poco a poco, viajaba hacia el faro.
Esa noche, en algún lugar, un chico llamado Noah se durmió tranquilo. No porque hubiera marcado. Sino porque había aprendido que no hacía falta tener un plan para todo. Que, a veces, basta con estar.
La ola sabe.